La Franja de Gaza , ese estrecho y densamente poblado fragmento de tierra a orillas del Mediterráneo, ocupa un lugar profundamente incómodo en la memoria histórica y política de Israel. Desde el punto de vista religioso, sin embargo, su estatus es todo menos marginal. Para ciertos sectores del sionismo religioso, Gaza no es simplemente un frente conflictivo o un error estratégico, sino un espacio sagrado, parte integral de la tierra prometida por Dios al pueblo judío. Esta visión cobra nueva vida en los llamados proyectos de “retorno a Gush Katif”, una agenda que articula aspiraciones territoriales con argumentos teológicos, y que ha encontrado en figuras como Daniella Weiss una voz fervorosa y desafiante (Feige, 2009).
En 2005, el entonces primer ministro israelí Ariel Sharon implementó el Plan de Desconexión, retirando unilateralmente los asentamientos israelíes de Gaza, conocidos colectivamente como Gush Katif. Esta retirada fue vista por muchos como una capitulación ante el terrorismo o una concesión estratégica en favor de la demografía (Zertal & Eldar, 2007). Pero para los sectores más ideologizados del sionismo religioso; particularmente aquellos cercanos al movimiento de los colonos, fue una herida abierta, una traición espiritual que aún exige reparación.
El proyecto de retorno no es simplemente una estrategia de seguridad o una política revanchista: es, sobre todo, un acto de restauración teológica. Los defensores del retorno creen que cada parte de la Tierra de Israel (Eretz Israel) tiene una santidad intrínseca, y que renunciar a ella equivale a renunciar al pacto divino (Inbari, 2012). Esta convicción coloca a Gaza en el centro del proyecto mesiánico del sionismo religioso. La tierra deja de ser un elemento negociable para convertirse en mandato sagrado. Así, lo que para muchos es un enclave geopolíticamente inviable, para otros es una manifestación del pacto eterno entre Dios y el pueblo judío.
En este contexto, Daniella Weiss, exalcaldesa del asentamiento de Kedumim y figura clave del movimiento Gush Emunim, representa una de las voces más radicales y consecuentes del retorno. Weiss no solo defiende la expansión de asentamientos en Cisjordania, sino que también aboga por el retorno a Gaza como un imperativo moral y religioso. En múltiples declaraciones, insiste en que el Estado de Israel no tiene derecho a ceder territorios que, según ella, pertenecen irrevocablemente al pueblo judío por decreto divino (Weiss, citado en Arutz Sheva, 2020). No se trata únicamente de convicción espiritual, sino también de un activismo concreto: desde la educación de nuevas generaciones de colonos hasta la participación directa en estrategias de expansión territorial y resistencia civil ante decisiones del Estado israelí (Aran, 1993).
Su activismo no es marginal. Weiss opera dentro de una red ideológica, educativa y política que influye sobre generaciones de colonos jóvenes. Su discurso entrelaza teología, nacionalismo y una lectura providencialista de la historia israelí. Desde esta óptica, la política territorial no es materia de diplomacia, sino de fe; no es pragmatismo, sino cumplimiento profético. La consecuencia política de esta postura es el rechazo frontal a cualquier solución de dos Estados y la negación de los derechos palestinos a la soberanía en territorios ocupados (Inbari, 2012).
El caso del retorno a Gush Katif ejemplifica con claridad cómo la religión puede convertirse en una herramienta de territorialización, es decir, en un instrumento para reclamar, ocupar y justificar el control sobre el espacio físico. En una ciudad como Jerusalén, donde las tres religiones abrahámicas ya compiten por el significado espiritual del territorio, el caso de Gaza representa una extrapolación extrema del mismo fenómeno: la disputa sobre lo sagrado se convierte en disputa sobre el suelo, y viceversa.
El problema, sin embargo, es que esta sacralización del espacio bloquea cualquier posibilidad de compromiso. Si el territorio es sagrado e innegociable, entonces el conflicto se vuelve ontológico, no resoluble. Cualquier concesión se vive como una traición espiritual, no como una estrategia política. Esta lógica esencialista impide el desarrollo de soluciones sostenibles y profundiza la espiral de violencia, tanto simbólica como real (Pedahzur, 2009).
El proyecto de retorno a Gaza, más que una propuesta territorial, es una expresión de cómo la religión puede moldear el horizonte político de una nación. La figura de Daniella Weiss revela una corriente que no teme confrontar al Estado mismo si eso implica seguir una visión teológica del destino judío. Este tipo de movimientos nos obliga a reflexionar sobre los límites entre la fe personal y la política pública, y sobre las consecuencias de permitir que lo sagrado se traduzca en políticas de exclusión y conflicto. En el fondo, el “retorno a Gush Katif” plantea una pregunta crucial: ¿es posible una paz duradera cuando el territorio se concibe no como espacio compartido, sino como herencia exclusiva dictada por lo divino?
Referencias
Aran, G. (1993). Jewish Zionist fundamentalism: The Bloc of the Faithful in Israel (Gush Emunim). En M. E. Marty & R. S. Appleby (Eds.), Fundamentalism and the State (pp. 265–344). University of Chicago Press.
Feige, M. (2009). Settling in the Hearts: Jewish Fundamentalism in the Occupied Territories. Wayne State University Press.
Inbari, M. (2012). Messianic Religious Zionism Confronts Israeli Territorial Compromises. Cambridge University Press.
Pedahzur, A. (2009). The Israeli Secret Services and the Struggle Against Terrorism. Columbia University Press.
Weiss, D. (2020). Declaraciones en entrevistas a Arutz Sheva y Jerusalem Post.
Zertal, I., & Eldar, A. (2007). Lords of the Land: The War Over Israel’s Settlements in the Occupied Territories, 1967–2007. Nation Books.

